Deconstrucción soviética

 

Los moscovitas no despiertan de su fiebre del oro. Beben del cuerno de la abundancia del capitalismo extremo y salvaje tras los muros de cristal de las oficinas y los coches de lujo como si hace solo veinte años que este país hubiera nacido. Y, ¿dónde quedan los restos del legado soviético, de más de medio siglo de un duro régimen político que unía, a menudo con una cadena y motivando con un puño de hierro a la gente de un gigantesco territorio bajo una misma ideología: “alcanzar y superar”  al capitalismo de Estados Unidos? A quién le importa.

Mujeres rubias perforan sin piedad viejos escombros soviéticos con sus tacones de aguja en la carrera por la pasta hacia  nuevos rascacielos. Y todo esto genera a veces la sensación de esquizofrenia y surrealismo. Claro que aún habrá que vivir mucho para que los monolíticos edificios grises sean borrados de la faz de la Tierra pero al mirar a algunos de ellos, aún no convertidos en piezas de museo pero ya muy olvidados entre los llamativos anuncios y la vida de lujo desmedida llegas a pensar que setenta años de historia e ideología se pueden borrar de un plumazo cuando tienes la motivación suficiente.

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Morder la manzana

Echar de menos ya es síntoma de algo. Ya es síntoma de que puedes sentir y eso no es poco. Después de una dura época que aún continúa, los nubarrones empiezan a esparcirse poco a poco. Huir de los problemas significa encontrar otros, a veces distintos, otras veces exactamente los mismos solo que con otras caras. O a veces con tu propia cara.

Los problemas, cualquiera de ellos se puede afrontar. Con tener ganas basta. No me sirven excusas. Si uno no soluciona un problema es porque en el fondo no quiere. Claro que es un punto de vista demasiado individualista. Por mucho que uno quiera trabajar en su ámbito, si no hay trabajo solo podrá hacerlo gratis. Si uno quiere estar con la persona de la que está enamorado pero esa persona no le quiere poco podrá hacer. Puede convertir su vida en sacrificio, en persecución, obsesión, pero posiblemente no podrá lograr lo que persigue.

Pero el problema principal de los sueños y los deseos es que tienen que estar basados en una cierta lógica para funcionar. Incluso aquellos que parecen privados de esa lógica, que salen del marco de lo posible, si existen dentro de la cabeza de una persona y funcionan, en el sentido de que sirven de motor para avanzar hacia una meta, significa que esa lógica está presente, infiltrada en la estructura.

Muchas personas piensan que desean algo. Desean una familia, desean vacaciones, desean triunfar, ganar dinero, ser famosos, ser deseados. Pero no hacen nada por hacer realidad esos sueños incluso en los momentos en los que la vida se lo pone en bandeja. Se asustan y huyen poniendo cualquier excusa, por banal que sea. Y se convencen a sí mismos de que hay mil cosas que hacen imposible que  el plan funcione. Lógico. Su cabeza ya ha procesado el plan sin que  se dieran cuenta, lo ha procesado de las mil posibles formas. Y no ha funcionado. Pero ellos no saben nada de esto y se culpan por no tener suficiente voluntad. Se dicen “un día de estos me pondré en serio con el inglés, con el carnet, con lo que sea” a lo que sigue una irremediable coletilla que intentan desoír en su cabeza que les dice “que va, nunca lo harás, porque eres demasiado débil”.

La cuestión no es la debilidad. Cuando nos obligan a hacer algo, cuando sentimos que tenemos la obligación ante otras personas de hacer algo, porque la voluntad del otro suele ser indiscutible para nosotros, tal y como nos han enseñado nuestros papás, las ordenes son llevadas a cabo con sagrada rigurosidad, o no tan sagrada pero que muchas veces supera a la tenacidad que tenemos por lograr aquellas cosas que se supone que tienen verdadero sentido en nuestras vidas: nuestros sueños.

¿No nos fiamos de nuestro criterio o nos falta voluntad? ¿Somos demasiado vagos o débiles? ¿Pensamos que en el fondo no tenemos razón o que no merecemos nuestra propia atención y la atención de los demás? La iglesia católica ha hecho un grandísimo esfuerzo por inculcarnos que la humildad es una  de las principales virtudes de todo buen cristiano, pero se ha empeñado tanto en pisar el orgullo y la soberbia que ha aniquilado a su paso la  voluntad, la tenacidad y lo que es más importante, la iniciativa.

Desde que Adán y Eva fueron castigados por tener voluntad de saber, toda persona que se considera buena tiende a considerarse sumisa. Esto conlleva no hacer preguntas. Y finalmente a no hacerse preguntas a uno mismo. No caves o acabarás mal. Los ejemplos están es todas partes, la historia se repite una y otra vez en leyendas, películas, mitos antiguos y nuevos. Solo unos pocos héroes y actualmente antihéroes glorificados, que luchan por romper ese silencio son temidos, admirados y muchas veces injuriados y castigados por la envidia y el miedo de los que consideran que sacrifican su curiosidad y su voluntad en favor de la humildad. Una humildad que  muchas veces no es más que una incapacidad disfrazada. Si yo no sé hacerlo, crearé una norma por la cual el otro tampoco pueda.

¡Y qué mejor que las normas morales para hacerlo! Ninguna ley basada en la razón ha sido jamás tan efectiva como las que se basan en el miedo, el prejuicio  y la superstición.

¿Por qué la curiosidad es considerada pecado mortal? ¿Qué es lo que tanto teme ese Dios cuando nos ve morder la manzana?

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