pequeña Algo en el Abismo

Lo suficientemente cerca para poder sentir. Lo bastante lejos para percibir el entramado de la armonía.  Allí en el punto exacto entre el la lógica perfecta y el absurdo absoluto  de puntillas y balanceándose sobre un pequeño saliente  del peñasco de la cordura, pálida, exhausta y abandonada en la felicidad del éxtasis jugaba la pequeña Algo con los cabellos del viento del abismo.

Le dijeron que se había salvado de milagro, pero realmente nadie, aparte de ella sabía cómo consiguió esquivar las dentelladas de la Desesperación. Es verdad que la había arañado y ahora, estaba intoxicada, lloraba de alegría con el alma vacía por haber esquivado una vez más a la bestia. Pero sabía que un día la alcanzaría. Tal era su cometido en el abismo. Pero ahora no, aún era fuerte y joven.

Cierto es que algunos decían que la bestia de la Desesperación no era más que una leyenda, que ella misma se arañaba la piel en arrebatos de locura y soledad pero eso poco le importaba.

Sin saberlo, la bestia de la Desesperación era su mejor, su única amiga, pero también era su enemiga. Era su reflejo, el que surgía cuando ella osaba asomarse más allá del peñasco de la cordura. Salía entonces de la nada rugiendo y la pequeña Algo reía a carcajadas y gritaba estremeciéndose de emoción. Eran los únicos momentos en los que podía verse a sí misma, magnificada y salvaje, viva de veras en su más terrible esencia.

Es cierto que no ocurría a menudo. Para que la Desesperación apareciera se la debia  esperar nueve días en silencio y luego, convertiendose  en ruido blanco,  asomarse al abismo.  Si no la llamabas correctamente podía arrebatarte todas las fuerzas y aunque nunca te mataba,  tardabas un tiempo incalculable en recuperarte, a veces días, otras años, a veces nunca.  Se trataba de un ser peligroso que te otorgaba un gran conocimiento pero podías agotar tu vida antes de conseguirlo si su mordedura te infectaba la sangre.

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El invierno ha llegado aquí,  el frío, la  nieve. La gente se mete en sus casas y no sale.  Empiezan a recordar lo que querían hacer. Algunos sueñan  con construir maquetas gigantes de tanques y vivir en el campo, otros con dejarlo todo un día y marcharse a la india a curar  monos.  Las historias verdaderas suelen ser mucho más increíbles que las imaginarias. Igual que cuando a  veces ves un paisaje  y piensas que si lo pintas ya no será  tan increíble .

Como todo el mundo hago algunas cosas, egoístamente, porque me reconfortan. No sé para qué sirven, solo sé que con ellas me siento bien. Solo verlas surgir, esas extrañas ideas realizadas materialmente o progresando, es como  cuando de pequeño  jugabas a construir una torre de cubos de colores y te fascinaba que no se cayera.  Da igual para qué.

Proyectos, concursos…es crear más absurdo pretendiendo que no lo es. ¿De verdad hay alguien que se cree que hace algo importante, aparte de estar jugando?

Cuando una ciudad te acaricia no es tu ciudad. Cuando te muestra su brillo, su encanto, aún no es tuya. La ciudad es tuya cuando te ha mordido y te ha hecho sangre y cuando la has arañadu tú también. Cuando te ha lavado las heridas con lluvia helada y ha guardado silencio.

Cuando la has odiado y has tenido que cerrar los ojos para no verla. Cuando sin comprenderla no has podido hacer otra cosa que aguantar la respiración , entonces la ciudad te ha convertido en hombre. Cuando días despues de los silencios, cuando creías que ya nada tenía solución ha soplado un viento cálido  ella te habrá convertido en mujer.

Hay cosas que solo se vuelven hermosas cuando las hieres. Solo entonces muestran su verdaderas cualidades, ya sea en el pesar o en la furia, la fuerza o la debilidad.

Hasta que sean capaces de sentir más y decir lo que sienten.

Solo entonces se habrán ganado el derechos a ser amadas y a amar.

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