Nieve

Es tan terrible el abismo entre lo que creemos que podemos hacer y lo que hacemos que da la sensación de que nuestras fuerzas nos son arrebatadas por un organismo que nos devora.

A veces creo que daría media vida por ver lo que has visto, por haber estado detrás de tu hombro viendo tu mirada en ese momento, por saber que el camino recorrido en cada paso es una leyenda que ya jamás se borrará. La tensión, la altura y el vacío congelan el movimiento,  concentrando  en la mirada que me diriges por un momento el sentido de todo. Y flotando en el aire, diminutos y limpios cristales que nunca caen. Un episodio perfecto de lo que nunca existió ni existirá.

Sin embargo  aquí abajo,  en las calles, de pronto me encuentro respirando el humo de la ciudad, sintiendo todo el peso de mi cuerpo, midiendo las calles con pisadas atadas a la tierra, dando vueltas y vueltas sin encontrar nada.  La ciudad se ve desde este ángulo  como un enorme charco de lodo. En el aire flotan subiendo y bajando trozos increíblemente blancos de sustancia arrancada de enormes nubes evitando posarse en el suelo,  convirtiéndose finalmente  en la  más negra suciedad. Y la única sensación que tengo es que esta ciudad nos engullirá a todos, con nuestras grandes y pequeñas vidas, con nuestros destinos y nuestras tragicomedias personales antes de que podamos darnos cuenta de ello  si quiera, antes de que acabemos de soñar con cómo  debería ser nuestra existencia. La ciudad se alimenta de nuestros sueños.  Cuanto más negro es el barro, cuanto más frío el aire y denso el humo, más fuerte el estruendo y largo el día, más intensamente cierro los ojos. Y tú  estás en algún otro lado buscando recuperar el tiempo perdido, ese mismo que  vendrá a buscarnos cuando ya no estemos y se llevará a otros. Nunca existiremos porque nunca hemos existido.  Si  el sueño de la realidad es lo único que queda, si resulta que nos hemos perdido todos en un laberinto de espejos y vivimos el tiempo  que dura una pesadilla, quizás debamos abandonar la idea de despertar. Puede que, de hecho, ni si quiera  hayamos nacido para despertar, que esa sea otra ilusión de nuestra mente cansada de no comprender nada. Quizás el destino de algunos morir en el fango. El de otros será flotar por encima de él.   Y posiblemente cada cual deba aceptar lo que la vida le depara.

Así que poco a poco abro los ojos y trato de aceptar que todo esto no es un sueño, haciéndome a la idea  de que quizás los seres que hay a mi alrededor no van a asesinarme, que no me voy a ahogar en la marea, de que toda esta inmensidad por alguna razón no ha acabado con todos nosotros ni va a hacerlo  porque nos ha dado la vida  y que la diferencia entre los copos de nieve y el fango solo es una cuestión de perspectiva.

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