Dime que no me quieres. Dimelo aunque sea una vez. Y si puedes repítemelo de vez en cuando para que deje de pensar en el nombre de nuestros hijos y vaya empezando a pensar en que no seré yo quien vea el color de tus ojos permanecer impasible , contrastado con tu rostro cada vez más marchito un año tras otro hasta que la muerte nos separe. Dímelo mientras sonríes y si puedes no te alteres, ríe a carcajadas para alejar mí el miedo a que todo esto sea el final de mi universo oculto a tu vista, creado, sin embargo, especialmente para tí. Ríe fuerte porque me creeré lo que sea que me digas y si acercando el filo de una navaja a mi cuello me susurras que esto es lo mejor no tendré ninguna duda de que es la verdad absoluta. No es piadoso acariciar a un animal atrapado en un cepo así que hazme el favor de distraerme con uno de tus fabulosos cuentos mientras con tu mano firme buscas algo para darme el tiro de gracia. Claro que podría haber destinos mejores, podría pensar en una vida llena de maravillas, de sol resplandeciente, de una yo distinta, felíz y despreocupada, con fuerzas de sobra para devolverte una enorme sonrisa sin importarme una mierda lo que harás con ella , porque sabría que no eres ni el último ni el primero. Pero mira por donde, mi vida tropieza una y otra vez contigo y no se mueve de este punto maldito. Asi que, si no te importa, sonríeme una vez más con esa gracia natural que solo tienen los canallas dispuestos a mirar a la muerte a los ojos sin inmutarse y acaba tu fatídica tarea con el mismo virtuosismo y despreocupación con que un día la empezastes. Cada día rezo a Odín , a Jah y a la santísima Virgen para que me hagan darme cuenta de que lo nuestro fue un error y no acierto a marcharme antes de oìrte pronunciar de nuevo su nombre, de la que no soy yo.

 

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